Aprendiste a ser buena persona, pero tu cuerpo nunca firmó ese contrato.

Aprendiste a ser buena persona, pero tu cuerpo nunca firmó ese contrato.

Te dicen algo que te molesta.

Sonríes.

Y por dentro te dices: bueno, no pasa nada.

Y casi te lo crees. ¿Por qué no te lo ibas a creer? Prefieres eso. Prefieres seguir disfrutando de la cena, que todo fluya, que nadie se enfade, que la noche acabe bien.

Total, tampoco era para tanto.

Por cierto, ya has hecho esto tres veces esta semana. Lo digo sin juzgar. 🙃

Pero dos horas después, te duele la cabeza.

O explotas porque alguien dejó un vaso sin lavar.

O te vas a la cama con una sensación rara, o dándole vueltas a lo que ha pasado.

¿Te suena?

people pleasing

Lo que acabas de hacer tiene nombre

En psicología lo llaman people pleasing. En IFS —el modelo de partes que enseñamos en nuestra formación— le llamamos la parte complaciente.

Y lo primero que quiero que sepas es que esto es algo muy común. Que tú tengas una parte que funcione así lo único que nos dice es que en algún momento —probablemente hace mucho tiempo— aprendiste que la manera más segura de estar en el mundo era gustar, agradar, no molestar, no ocupar demasiado espacio, decir sí a las peticiones de los demás, incluso antes de que preguntasen.

Esa parte es muy lista. Cuando siente que viene un conflicto, actúa rápido. Te pone la sonrisa en la cara antes de que tú decidas si quieres sonreír. Te da el argumento perfecto para convencerte: total, no era para tanto.

No lo hace para sabotearte.

Lo hace porque en algún momento, funcionar así tuvo sentido.

Lo que pasa es que el contexto de hoy ya no es el mismo que cuando lo aprendiste.

Tú cambiaste, creciste. Pero esa parte de ti sigue usando el mismo manual de instrucciones que escribió hace veinte o treinta años. 🤯

Cómo se forma la parte complaciente

Yo tardé bastante tiempo en darme cuenta de que decía “sí, claro” a casi todo. Me costó más de lo que me gustaría reconocer, que no era generosidad. Era que me aterraba ver la cara de decepción del otro.

Y lo curioso es que me veía como alguien flexible. Fácil de tratar. “Yo no soy de los que montan polémicas.”

Claro. Es que no dejaba que llegasen a ser polémica porque yo era más rápido cediendo que Usain Bolt en los 100 metros.

Cuando empecé a mirarlo de verdad, me hice la misma pregunta que le hago ahora a mis clientes: ¿Cuándo aprendí que poner límites, enfadarme o decir que no… era peligroso?

Y apareció una escena. Una situación que se había repetido de distintas formas a lo largo de la infancia, en la que el mensaje que llegó fue clarísimo:

“Si muestro lo que siento, si no me amoldo, si me quejo, me enfado o digo que no… me quedo solo.”

Así que aprendí a decirme bueno Saúl, no pasa nada. Y a creérmelo.

Eso mismo, con distintas escenas y distintos nombres, es lo que aparece en consulta una y otra vez. La historia cambia. El mecanismo es siempre el mismo.

No hay nada que esté mal en ti. Hay un aprendizaje que tuvo sentido en un contexto de la infancia y que sigue activo en el presente.

El cuerpo no miente (aunque tú sí puedas)

Aquí viene lo interesante.

La parte complaciente puede convencer a tu mente de que no pasa nada.

Pero el cuerpo lleva la cuenta… como dice mi querido Bessel Van der Kolk.

La mandíbula tensa. Los hombros subidos. El dolor de cabeza que aparece justo después de la reunión de trabajo. La explosión desproporcionada por el vaso que no está en su sitio.

Y ahí estás tú dándole vueltas: ¿pero por qué me he puesto así por un vaso?

El vaso no tiene nada que ver, claro.

El vaso solo es la última cosa de una lista larga en la que no has dicho lo que necesitas ni lo que quieres. Porque tú mismo te decías que no era para tanto, que total, que mejor así.

El sistema nervioso es muy listo, pero no es muy fino. No distingue entre “acabo de tragarme el enfado delante de la familia política” y “hay un tigre persiguiéndome”. Para él, es lo mismo. Acumula igual. Luego cobra igual. 😅

Solo que tú, desde fuera, no lo ves venir. Porque te habías convencido de verdad de que no pasaba nada.

La culpa al poner límites

“Pero Saúl, es que cuando intento decir que no, me siento fatal.”

Sí. Ya lo sé.

Y sabes qué pasa entonces, ¿verdad? Que te dices: bueno, tampoco era tan importante. Para qué voy a liar esto ahora. No merece la pena.

Y lo vuelves a tragar.

Te entiendo. Porque lo que se activa ahí es culpa. Y la culpa es una de las emociones más paralizantes y confusas que existen.

Si estuviéramos tomando una cerveza y me contaras que otra vez te has sentido culpable por poner un límite que era sano para ti… probablemente te haría una foto, se la pasaría a la IA y te haría una estampita de mártir. Te la enseñaría y te diría: enhorabuena, que por fin te ha santificado el papa. Nos reiríamos. Le quitaríamos un poco de leña al fuego.

Y luego te explicaría, con mucho cariño, que esa culpa probablemente no tiene que ver con el presente ni con quien acaba de recibir tu límite.

Lo que nos dice la culpa al poner un límite no es que estés haciendo algo malo.

Lo que nos dice es que en algún momento aprendiste que poner límites era peligroso, que ocupar espacio era peligroso, que las necesidades propias no eran importantes, que el afecto de los demás era algo que se ganaba portándose bien, no algo que llegaba sin más.

Y entonces, cuando empiezas a poner límites, esa parte activa la alarma.

¡Ojo, peligro. Esto no es lo que hacemos!

Y te dices: él lo necesita más que yo. Yo puedo con esto. No es para tanto.

Pero aquí está la clave que cambia todo: esa culpa no es de hoy. Es una memoria emocional.

Es lo que sintió aquel niño o aquella niña cuando se quedó sola, cuando fue juzgada, quizás incluso humillada, por quejarse o por no amoldarse. Esa sensación quedó grabada en el cuerpo. Y ahora, cada vez que pones un límite de adulto, el sistema nervioso la recupera. No porque el peligro sea real. Sino porque el cuerpo recuerda.

No estás reaccionando al presente. Estás reviviendo el pasado.

¿Qué hacer con todo esto?

No te voy a decir «di que no más veces».

Poner límites cuando llevas años siendo complaciente es como hablar un idioma que nunca te enseñaron.

Quizás entiendes palabras sueltas. Pero cuando intentas unirlas para hablar, te atascas. Las palabras te salen en el orden equivocado. Con un tono que no reconoces como tuyo. Y cuando por fin dices algo, tienes la sensación de que lo has dicho mal, aunque la otra persona te haya entendido perfectamente.

No porque no puedas. Sino porque es la primera vez que lo usas en voz alta.

Al principio no sabes muy bien cómo poner el límite. Te sale raro. Te parece demasiado brusco, o demasiado suave, o no era el momento.

Y encima, nada más decirlo, aparece esa culpa. Y los pensamientos automáticos de que has hecho algo terrible. Y las ganas de pedir disculpas enseguida para que todo vuelva a estar bien.

Eso es exactamente lo que haría aquel niño o aquella niña. Pedir perdón antes de que llegue el abandono.

Lo que puedes hacer en cambio es esto: quedarte ahí. Con la incomodidad. Sin huir hacia las disculpas automáticas. Respirar. Salir a caminar si lo necesitas. Pero no evitar la sensación, sino abrirte a ella, sabiendo que no te va a romper.

Sentir es parte de la experiencia humana. Y quedarte con esa sensación como adulto, sin que te arrastre al pasado, es como se actualiza esa memoria. Es como el niño o la niña de entonces aprende que hoy es diferente.

No de golpe. No de una vez. Poco a poco.

Y un día lo dices, y te das cuenta de que empieza a sonar natural.

¿Reconoces esta parte en ti? ¿En qué momento de tu vida se hizo más visible?

Cuéntamelo en comentarios — me interesa de verdad.

Imagen de Saúl Pérez
Saúl Pérez

Lorem ipsum ad minim veniam, quis nostrud exercitation ullamco laboris nisi ex commodo consequat

All Author Posts
Acerca de mi
Saúl Pérez es terapeuta y formador especializado en trauma, sistema nervioso y conciencia.

Acompaña a personas y profesionales a comprender su mundo interno, regularse y reconectar con su vida desde un enfoque integrador que une ciencia, experiencia y presencia.

Newsletter
Populares
Publicaciones similares

Más leídos

Sanación emocional
IFS, comida y fuerza de voluntad: por qué no es un problema de disciplina (y qué hacer en su lugar)

Si sientes que tu problema con la comida es “falta de fuerza de voluntad”, quizá estés mirando el lugar equivocado. Desde IFS y trauma, lo que parece autosabotaje suele ser protección: partes internas intentando regular un sistema nervioso en modo supervivencia. En este artículo verás cómo entender ese patrón (disparador → desregulación → apagafuegos → culpa), cómo cambiar juicio por curiosidad, y un ejercicio simple para mapear partes. Incluye el episodio con May Morón en Spotify y una referencia al MIT, donde enseñamos este enfoque integrativo.

Leer más »
Manifestación
Puedes sanar tu trauma y crear la vida que quieres (a la vez)

¿Puedes sanar tu trauma y al mismo tiempo crear la vida que deseas? Durante años sentí que estas dos cosas no podían convivir. Por un lado, el mundo de la terapia me mostraba que no puedes «pensar en positivo» para que desaparezca una respuesta del sistema nervioso. Por otro, mi experiencia me decía que la claridad sobre lo que quieres y sostener esa visión importan. Mucho. Este artículo es una reflexión sobre cómo integrar ambos mundos sin que uno invalide al otro: ni la culpa de la manifestación mal entendida, ni el estancamiento de sanar sin dirección. Porque manifestar sin sanar agota, y sanar sin dirección estanca.

Leer más »
Sanación emocional
La vergüenza y la culpa en el trauma (y el efecto de la compasión para sanar)

La vergüenza y la culpa son emociones profundas que a menudo nos atrapan en el pasado, especialmente tras experiencias traumáticas. ¿Te has sentido alguna vez como si debieras haber hecho más, incluso cuando sabes que no fue tu culpa? Este texto explora cómo estas emociones pueden afectar nuestra vida y cómo la compasión puede ser el antídoto necesario para sanar. A través de un ejercicio sencillo, aprenderás a hablarte con amabilidad y a reconocer que no estás roto, sino herido. Descubre cómo la compasión puede transformar tu relación contigo mismo y facilitar tu sanación.

Leer más »