Tu cuerpo guarda lo que heredaste, aunque tú no lo hayas vivido directamente

Tu cuerpo guarda lo que heredaste, aunque tú no lo hayas vivido directamente

Hace unos meses llegó a consulta un hombre con un dolor crónico en las lumbares.

Llevaba años arrastrándolo.

Había probado de todo: fisioterapia, osteopatía, antiinflamatorios…

Mejoraba unos días y luego volvía.

Y cuando le pregunté qué estaba pasando en su vida, me contó algo que me llamó mucho la atención.

Estaba pasando por una época económica muy difícil.

Y eso, para él, no era solo un problema de dinero.

Era un problema de valor.

«Si no ganas dinero, no vales nada»

Su padre había sido un hombre muy duro.

No con golpes, pero sí con palabras.

Y con una creencia que le había transmitido a fuego: tu valor como persona depende de cuánto dinero ganes.

Si le iba bien económicamente, su padre le hablaba con respeto.

Si le iba mal… lo miraba con desprecio.

Así que ahora, de adulto, cada vez que las cosas no iban bien en lo económico, no solo sentía estrés.

Sentía vergüenza.

Sentía que no valía.

Sentía que era un fracaso.

Y esa vergüenza le impedía hacer algo muy importante: pedir ayuda.

El cuerpo que carga solo

Aquí viene lo interesante.

Mientras él me contaba todo esto, yo le preguntaba por su cuerpo.

¿Dónde sentía esa vergüenza?

¿Dónde notaba la tensión cuando pensaba en su situación?

«En las lumbares. Siempre. Y en los hombros. Y en la espalda. Todo cargado.»

Y ahí es donde las piezas empezaron a encajar.

Las lumbares, en muchas tradiciones (y también en la práctica clínica), están relacionadas con la falta de apoyo y con la sensación de cargar solo.

Y eso era exactamente lo que él estaba haciendo.

Cargando solo.

Sin pedir ayuda.

Porque pedir ayuda activaba su vergüenza.

Su cuerpo estaba expresando lo que sus palabras no podían.

El cuerpo guarda lo que la mente no puede procesar

Bessel van der Kolk, uno de los mayores expertos en trauma del mundo, lo dice de forma muy clara:

«El cuerpo lleva la cuenta.» (The Body Keeps the Score)

Cuando vivimos algo que nos desborda — un trauma, una situación de estrés crónico, una herida emocional que no pudimos procesar — el cuerpo lo guarda.

No desaparece.

Se queda ahí.

En forma de tensión, de dolor, de síntomas que no terminamos de entender.

Peter Levine, creador del Somatic Experiencing, observó que los animales salvajes descargan el estrés de forma natural después de una amenaza: tiemblan, se sacuden, y siguen adelante.

Los humanos, en cambio, muchas veces bloqueamos esa descarga.

Y el cuerpo se queda «atascado» en modo supervivencia.

Pero hay algo más: lo que heredamos sin vivirlo

Y aquí viene la parte que más me fascina.

Porque mi cliente no solo cargaba con su propia historia.

Cargaba también con la de su padre.

Y probablemente con la de su abuelo.

La ciencia está empezando a confirmar algo que muchos terapeutas llevamos tiempo observando: el trauma puede heredarse.

No solo a través de la educación o el ambiente familiar.

Sino a través de algo más profundo: la epigenética.

Un estudio muy conocido de la investigadora Rachel Yehuda (Mount Sinai, Nueva York) descubrió que los hijos de supervivientes del Holocausto mostraban cambios en genes relacionados con el estrés — aunque ellos nunca habían vivido el trauma directamente.

(Si te interesa profundizar, aquí tienes el enlace al artículo de Scientific American: Descendants of Holocaust Survivors Have Altered Stress Hormones)

Es decir: tu cuerpo puede estar cargando con algo que no es tuyo.

Con un dolor, una tensión, una forma de reaccionar al mundo que heredaste de generaciones anteriores.

¿Y qué hacemos con esto?

Aquí es donde entra el trabajo con el cuerpo.

Porque si el trauma está guardado en el cuerpo — tanto el tuyo como el heredado — no basta con hablar de él.

Hay que trabajar también a nivel somático.

Por eso las terapias de tercera generación (EMDR, Somatic Experiencing, IFS con enfoque corporal, mindfulness…) incluyen el cuerpo como parte fundamental del proceso.

Y por eso la regulación del sistema nervioso es tan importante.

Cuando nuestro sistema nervioso está constantemente en modo alerta (o en modo apagado), no hay espacio para procesar, para soltar, para sanar.

Primero necesitamos volver a un estado de seguridad interna.

Y eso se trabaja — entre otras cosas — a través del cuerpo.

Lo que cambió para mi cliente

Con este hombre, además del trabajo emocional, empezamos a incluir prácticas de regulación somática.

Respiración. Contacto con las sensaciones. Movimiento consciente.

Y también exploramos su historia familiar — no para culpar a nadie, sino para entender de dónde venía esa carga.

Poco a poco, algo empezó a cambiar.

No solo en su espalda.

También en su relación con el dinero, con la vergüenza, y con la posibilidad de pedir ayuda.

Porque cuando entiendes que parte de lo que cargas no es tuyo…

…puedes empezar a soltarlo.

¿Y tú?

¿Tienes algún síntoma físico que no terminas de entender?

¿Alguna tensión crónica que vuelve una y otra vez?

Quizás tu cuerpo está guardando algo.

Algo tuyo. O algo heredado.

Y quizás, solo quizás… lo que necesita no es más tratamiento físico.

Sino ser escuchado.

Si esto te resuena y te gustaría aprender a integrar el trabajo somático en tu práctica (o en tu propio proceso), en el Máster en Acompañamiento Integrativo del Trauma y la Conciencia (MIT) dedicamos una parte importante a esto: teoría polivagal, regulación del sistema nervioso, y cómo acompañar desde el cuerpo.

También recomiendo mucho explorar terapias corporales como la terapia craneosacral o el trabajo somático que hace Paola Valencia — mi mujer y compañera — que integra regulación nerviosa, liberación corporal y conexión con la esencia.

Pero de momento…

¿Me cuentas?

¿Tienes algún síntoma físico que sospechas que puede estar conectado con algo más profundo?

Te leo en los comentarios. O escríbeme si lo prefieres.

Un abrazo,

Saúl

Imagen de Saúl Pérez
Saúl Pérez

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