Puedes sanar tu trauma y crear la vida que quieres (a la vez)
Llevo años en una conversación conmigo mismo que nunca termina.
Por un lado, trabajo con trauma. Acompaño a personas a mirar lo que duele, a entender por qué reaccionan como reaccionan, a hacer las paces con partes de ellas que llevan décadas en guerra. Y sé —porque lo he visto cientos de veces— que no puedes «pensar en positivo» para que desaparezca una respuesta del sistema nervioso. No funciona así.
Por otro lado, tengo una visión para mi vida. Quiero crear cosas. Quiero que mi trabajo llegue lejos. Quiero abundancia, impacto, expansión. Y sé —porque también lo he vivido— que la claridad sobre lo que quieres y la capacidad de sostener esa visión importan. Mucho.
¿Y sabes qué? Durante mucho tiempo sentí que estas dos cosas no podían vivir juntas.

La guerra que nadie te cuenta
Si te mueves en el mundo del desarrollo personal, seguro has visto la pelea.
En una esquina: terapeutas (muchos de ellos colegas que admiro) advirtiendo sobre los peligros del «pensamiento positivo tóxico». Hablando de cómo decirle a alguien con depresión que «elija ser feliz» es violento. Y tienen razón.
En la otra esquina: coaches y divulgadores hablando de manifestación, de «elevar tu vibración», de que tus pensamientos crean tu realidad. Y aunque a veces suena simplista… también hay algo ahí que para mí tiene mucho sentido.
Y en medio: tú. Yo. Gente que no quiere elegir bando.
Gente que intuye que las dos cosas son ciertas, pero no sabe cómo juntarlas sin que una invalide a la otra.
El problema oculto de la manifestación
Voy a ser directo: hay un lado oscuro en el discurso de la manifestación del que casi nadie habla.
Si crees que «tus pensamientos crean tu realidad» —así, en absoluto— entonces cuando algo no te sale como quieres, la conclusión lógica es que tú lo causaste. Que no pensaste lo suficientemente bien. Que no lo deseaste con la fuerza necesaria. Que algo en ti está mal.
¿Ves el problema?
Para alguien que ya carga con vergüenza o culpa —algo muy común en quienes tienen historia de trauma— este mensaje puede ser devastador. No es motivador. Es retraumatizante.
He visto a personas que intentan manifestar una vida mejor, no lo consiguen, y en lugar de cuestionar el método, se culpan a sí mismas. Pierden la fe. Pierden la confianza en la vida. Se dicen: «Seguro hay algo mal en mí si hago todo lo que dicen y no funciona».
Eso no es empoderamiento. Es una trampa.
El discurso de «creas tu realidad al 100%» ignora algo fundamental: que hay cosas que no controlas. Tu biología. Tu historia. El contexto en el que naciste. Las respuestas automáticas de un sistema nervioso que aprendió a protegerte antes de que pudieras elegir.
Y el pesimismo tampoco es la respuesta
Ahora, antes de que pienses que estoy del lado de «todo es trauma y no hay nada que hacer», espera.
Porque el otro extremo también duele.
El trauma complejo puede dejarte en un lugar de apatía, desesperanza, desconfianza crónica. Una sensación de «para qué intentarlo si nada va a cambiar». Una mente que anticipa lo peor porque así se protege de la decepción.
Y aunque entiendo de dónde viene eso —es una respuesta adaptativa, no un defecto— también sé que desde ahí no se construye una vida que quieras vivir.
La ciencia es clara en esto: el optimismo realista —no el mágico, sino el que tiene los pies en la tierra— se asocia con mejor salud física, mental y mayor resiliencia. El pesimismo crónico, no.
Pero ojo: optimismo realista no es lo mismo que pensamiento positivo forzado. No es negar lo que duele. Es poder sostener que las cosas pueden mejorar mientras reconoces lo difícil que está siendo.
El locus de control: la clave que nadie menciona
Hay un concepto en psicología que me ayudó mucho a entender esto: el locus de control.
Es simple: algunas personas sienten que tienen control sobre lo que les pasa (locus interno). Otras sienten que su vida está determinada por fuerzas externas —la suerte, el destino, los demás— (locus externo).
La investigación muestra que un locus interno moderado se asocia con mejores resultados: más logros, mejor salud, más bienestar. Tiene sentido. Cuando sientes que puedes influir en tu vida, actúas. Cuando sientes que no puedes, te paralizas.
Pero aquí viene lo interesante:
- La manifestación pura vende un locus interno absoluto: «Tú creas toda tu realidad». Y eso es tan irreal como pensar que no controlas nada.
- En el otro extremo está el victimismo: «Todo me pasa, no tengo agencia». Algunas personas confunden el trabajo de trauma con esto, pero no es lo mismo. Mirar tu historia no es quedarte atrapado en ella.
Ninguno de los dos es sano.
Lo que busco —lo que creo que funciona— es algo intermedio: saber en qué puedes influir y qué no. Tener claridad sobre dónde poner tu energía. Soltar lo que no depende de ti sin abandonar lo que sí.
Y el trabajo con trauma, bien hecho, te ayuda precisamente a eso: a recuperar un locus interno realista. A recuperar agencia y poder personal. A dejar de sentir que todo te pasa y empezar a sentir que puedes responder. Sin la ilusión de que lo controlas todo.
¿Y si no son opuestos?
La pregunta que me ha acompañado estos años no es «¿trauma o manifestación?». Es:
¿Cómo puedo crear una vida próspera sin perder la paz, la presencia y el sentido?
Y la respuesta que he ido encontrando es que son herramientas para cosas distintas.
El trabajo con trauma te da recursos para regular, entender, liberar. Para dejar de reaccionar automáticamente. Para hacer las paces con partes de ti que llevan años en guerra.
La manifestación bien entendida es visión, es intención y claridad sobre lo que quieres… te da dirección, propósito, hacia dónde quieres ir. Te ayuda a moverte cuando el miedo te dice que te quedes quieto.
El problema no es usar las dos. El problema es mezclarlas mal.
Ya hablamos del primero: culparte cuando algo no se cumple, como si no conseguirlo significara que hiciste algo mal.
Pero hay otros errores comunes:
- Querer crear sin haberte dado espacio para sanar. Exigirte desde la desconexión.
- Usar la sanación como refugio permanente para no arriesgarte nunca.
Manifestar sin sanar, agota.
Sanar sin dirección, estanca.
Los dos extremos duelen.
Lo que he aprendido (hasta ahora)
No tengo un método de 7 pasos para esto. Pero sí tengo algunas cosas que me han ayudado a dejar de sentir que estoy traicionando algo cuando quiero sanar y manifestar al mismo tiempo.
1. La visión puede ser parte de la sanación
Hay una diferencia enorme entre usar el futuro para escapar del presente… y usar la visión como una brújula que te ayuda a atravesar el presente.
Cuando trabajo con alguien que está procesando algo doloroso, a veces la pregunta «¿qué quieres crear?» es exactamente lo que necesita. No para huir. Para recordar que hay algo más allá del dolor.
2. El sistema nervioso no responde a órdenes, pero sí a coherencia
«Piensa en positivo» no funciona cuando tu cuerpo está en alerta. No es falta de voluntad — es que el mecanismo cerebral que permite «elegir otra respuesta» no funciona igual en ciertos estados. Eso es verdad.
Pero también es verdad que puedes ir regulando tu sistema nervioso mientras sostienes una visión. No es o una cosa o la otra. Es un baile.
La clave no es forzar pensamientos positivos. Es ir creando seguridad en el cuerpo para que esos pensamientos tengan un lugar donde aterrizar.
3. Las partes que «te sabotean» no están en contra de tu visión
Esto lo veo todo el tiempo en el trabajo con partes (IFS, Sistema Interno, como quieras llamarlo).
Esa parte de ti que procrastina, que se boicotea, que tiene miedo de brillar… no está tratando de arruinarte la vida. Está tratando de protegerte de algo.
Y cuando la escuchas —en lugar de pelear con ella o ignorarla con afirmaciones— muchas veces descubres que también quiere lo que tú quieres. Solo que tiene miedo.
4. La intención importa, pero no como te la venden
No creo que el universo sea un catálogo donde pides lo que quieres y te llega.
Pero sí creo que la claridad sobre lo que quieres cambia cómo te mueves, qué ves, qué decisiones tomas. Y eso no es magia, aunque lo parezca. Es atención dirigida.
La intención no reemplaza el trabajo. Lo orienta.
Mi conclusión: por qué creo que no están separadas
Después de años dándole vueltas a esto, mi respuesta es bastante simple:
La sanación te permite sostener una visión sin que te destruya si no se cumple.
Cuando has trabajado tu relación con la vergüenza, con la culpa, con las partes de ti que tienen miedo… puedes desear algo con fuerza y, si no llega, no significa que estés roto, ni que haya algo mal en ti. Puedes soltar sin derrumbarte. Puedes ajustar el rumbo sin perder la fe en ti.
Y la visión te da una dirección sin que sea un escape.
Cuando sabes hacia dónde quieres ir, el trabajo de sanación no se convierte en un loop infinito de mirar hacia atrás. Tiene un para qué. No sanas para quedarte sanando. Sanas para poder vivir más plenamente.
Integrar las dos cosas no es traicionar ninguna. Es madurar.
Es dejar de necesitar que un solo enfoque tenga todas las respuestas.
Una última cosa (más personal)
Llegar a tener claridad en esto no ha sido fácil para mí. Nada fácil.
Soy de los que necesitan sentir y vivir las cosas. No me las creo simplemente porque alguien lo diga, por muy bien que suene o por mucha autoridad que tenga esa persona. Necesito probarlo, equivocarme, ajustar, volver a probar.
Y después de años en esa exploración, estoy empezando a fantasear con la idea de crear un programa para acompañar en esto. De la forma que entiendo que sí funciona: integrando el trabajo con el sistema nervioso, con las partes, con el trauma… y también con la visión, la dirección, el crear.
Todavía no existe. Es solo una idea que me ronda.
Pero si esto te resuena y te gustaría saber más cuando (y si) lo haga realidad, házmelo saber. Escríbeme. Déjame un comentario. Te avisaré en el momento que tenga el tiempo y el espacio para hacerlo.
Y mientras tanto, me interesa la conversación. Este tema me importa mucho. Más que tener la razón.








